Aquel que no sabe llorar.
- elprincipepalido

- 16 jun 2025
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Actualizado: 27 jun 2025
Nunca supe quién fue, ni tengo interés en saberlo. Lo vi solo una vez y eso bastó para mí. Tengo entendido que era una persona muy cálida. Lo di por hecho al sentir la temperatura de aquel flujo rojo y violento que salió con la caricia del acero sobre su cuello. Pero esa calidez empezó a desvanecerse. El cuerpo se enfriaba, mientras el mío flotaba. Desconocí el sentimiento que me llevó a ese suceso. No tuve deseo alguno de salir huyendo. Ellos parecían tener una relación más allá de ser amantes ocasionales; por eso lo hice. De haber estado enterado, tal vez lo habría resuelto antes. Pobre bastardo, vi cómo se esforzó en dar su mejor sonrisa. Parecía casi culminar una propuesta, quizás matrimonio. Me pregunto por esa sensación, un efecto similar a la radiación, pero que, a comparación de esta, con un simple filo termina. Vaya iluso, no tuvo oportunidad de escuchar aquel probable sí.
Han pasado quince minutos. La observo y sus lágrimas al igual que el caen, se mezclan con la sangre de ese gélido pecho. Imagino su sabor metálico con la levedad de un grano de sal. Me gusta lo que imagino. Ella no voltea a verme, ni siquiera lo intenta, eso me disgusta. Su concentración está en él, solo en él. Se esfuerza en sus súplicas para que entren en los oídos de ese bulto. Los humanos y nuestras tentativas inútiles. Sin embargo, a mis oídos sí entran. ¿Por qué? ¿Para qué? No las necesito. Tengo deseo de burlarme, pero no lo haré. Y no, no es que esté asustado. Desde hace demasiado tiempo sabía que algo así tomaría mi mano. Sé que tampoco es síntoma de locura. Conozco bien lo que he hecho. Si me fuera posible, haría recurso de la repetición. Con semejante corte de razones propias, era evidente que su vida escaparía, y aun así me ha quitado, ¿Cómo decirlo?, cierto propósito. Aun así, qué tranquilo me siento.
Alguna vez escuché testimonios de personas en situaciones similares a la mía. Esos primeros pensamientos los llevaban de vuelta a sus padres, cuán decepcionados resultarán. Otros piensan en sus hijos y en la pausa falsa a la que serán sometidos, siendo en realidad la perdición de tal vez, su mejor película. Qué insatisfactoria me resulta la mente de las personas. Yo también tengo esos pensamientos, no voy a negarlo, sí, los tengo. Mi recuerdo se centra en mi primera masturbación, imagino que es por las mismas sensaciones. Fue un acto de curiosidad y determinación, seguido de una tensión en ascenso que llego a su punto álgido desembocando ambas en una exudación de líquidos. Aunque debo aceptar, el mío era más fácil de limpiar, después venía la calma. No siento culpa en esta circunstancia, pero sé que debería. Aquella vez con el miembro en la mano, vi a Dios juzgándome, hoy con este cuchillo se ha mostrado ausente.
Lo han levantado para llevárselo. Al parecer, los paramédicos son más eficaces que las autoridades. Ella pierde la cordura, ahogándose en los arroyos que sus propias lágrimas forman en su rostro. Otros quince minutos, estoy siendo aprehendido. La veo, pero no veo la escena que he descrito, sino a mí mismo de hace tres días, levantando su pierna desnuda con mi brazo. Estoy detrás de ella sobre una cama, es la mía, bajo nosotros una cobija que se llena con líquidos calientes, como aquella sangre. Mi cadera impacta con sus glúteos. Parece sollozar, son gemidos en realidad. Esa vez en su rostro también corrían líneas de agua y sal, pero estos eran de sudor. Ella lo disfrutaba. Esa vez tampoco me veía, sus ojos estaban cerrados; claramente, la tensión era diferente. En ambas escenas, ella termina boca abajo y en ambas me gusta lo que veo.
El vehículo en el que viajo transgrede cada normativa de tráfico. Cuando yo lo hacía, siempre parecía haber problemas. El conductor y el copiloto parecen murmurar insultos hacia mí, pero no estoy seguro; realmente no los escucho, porque mi mente está ocupada con cosas más importantes. Su cabello es corto y castaño. Una piel blanca recubre sus grandes y firmes senos. Posee una delgadez delicada que a su vez es seductora. Sin embargo, no recuerdo sus ojos, sé que son cafés, lo repetía a menudo; ella se decepcionaba de eso. Ahora que pienso en esto, la intranquilidad viene de nuevo. Me han advertido que me espera una condena larga, he de ser paciente y portarme bien; quizás así logre reducirla. No sé qué tanto pase ahí; trataré de sobrellevarlo, aunque mi débil presencia aparente lo contrario. Cuando esa puerta se abra, sé que tu ausencia será evidente. Debió ser tu final. ¿Qué culpa tenía ese desdichado? Nunca supe quién fue, y aún tras mi acto, no albergo interés alguno por descubrirlo.




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